massobreloslunes: noviembre 2011

martes, 29 de noviembre de 2011

La extraña parada en seco de mi reloj biológico

Lectores de mi amor:

Hoy podría escribir sobre todos mis grandes temas. Sobre las uñas, porque me he gastado una cantidad de dinero obscena en una lima de vidrio que romperé en una semana, como siempre, y en un tono de rojo que sólo se diferencia de una forma muyyy sutil de los otros cinco que ya tengo. Sobre el Mal Capilar, porque mi segundo intento de ponerme pelirroja ha culminado con un look Morticia Adams preocupante. Sobre el Acné del Averno, porque hoy he vuelto a llorar pensando que no tengo ninguna esperanza (pero poquito, mamá, no te preocupes) y he concluido que si no soluciono esto en un plazo razonable quizá vaya de rodillas al dermatólogo a pedirle Roacután forever, que yo así no puedo vivir.

No obstante, una amiga acaba de anunciar por Facebook que está preñada, así que he decidido hablar de los hijos. Rollo espontáneo, no preparándome los post durante horas, como hago normalmente.

Yo siempre siempre siempre he tenido el reloj biológico haciéndome un tic tac preocupante. Me gustan muy mucho los niños, y quiero formar una familia con la que vivir en el campo y hacer paleopasteles. Además, como dice mi amiga Luna, la sensación cenestésica del embarazo me interesa. Así que siempre había contemplado en mi mente la posibilidad de quedarme preñada como una cosa guay. Primero con MQEN, porque aunque cada uno vivíamos en una punta de España y éramos muy jóvenes y encima a ver cómo paría yo los bebés gigantes que él probablemente iba a engendrar, nos queríamos tela y hubiéramos sido padres geniales. Además, habíamos pensado nombres estupendos para nuestros hijos, como Lluvia si era niña o Pollo si era niño.

Con J. ya la cosa era más realista, por aquello de que él tenía curro y podría alimentar a nuestra familia hipotética, y yo fantaseaba con ser una mantenida de arquitecto y pasear a mis churumbeles por Pedregalejo. Luego explotó la burbuja inmobiliaria y, en paralelo, recobré la cordura y renuncié a ser un florero con mechas, pero aun así siempre me hizo ilusión pensar en un Jotita así moreno, guapete y con déficit de atención, como su padre.

Desde que estoy soltera y las posibilidades de encontrar pareja se van reduciendo cada vez más hasta convertirse en un puntito lejano en el firmamento, lo de los hijos ha pasado a un octavo plano. Curiosamente, creo que esto lo ha precipitado el preñamiento y posterior alumbramiento de mi genial amiga Elsa. Que sí, que ser madre está superguay y ella está muy, muy feliz y la niña es preciosa. Pero creo que el hecho de que una de mis mejores amigas haya tenido un bebé saca la maternidad del espacio abstracto y casi imposible que ocupaba en mi cabeza y lo coloca en la realidad. En una realidad preocupantemente cercana.

Yo estoy mentalmente bastante sana, quiero creer, pero también tengo mis carencias y mi porcioncita de analfabetismo emocional. Y soy patológicamente independiente, que hasta me echo yo sola el tinte Morticia Adams. Y me aterra que me hagan daño, o que me abandonen, o tener hijos y que acaben en una familia rota. Hoy estaba en el Carrefour y había delante de mí un padre joven con su hija pequeña, de unos cuatro años. La niña le decía "¿Entonces, para navidad vas a estar conmigo?", y el padre le contestaba "Pues claro que voy a estar contigo, mi amor, pase lo que pase, eso tenlo clarísimo". Y luego le daba miles de besos, le acariciaba el pelo y le decía que se llevara las galletas que habían comprado para comérselas con su madre. Motherfucking heartbreaking.

Así que bueno, igual que siempre he pensado (y pienso) que sería una madre estupenda, ahora estoy cero preparada para tener hijos. Pero cero, y no sólo por no tener maromo. Sino porque en este momento de mi vida, dar el giro existencial y emocional de vivir para alguien más que para mí me parece sobrehumano. Supongo que luego eso se hace y punto, que no te lo planteas y que claro que te compensa. Pero la posibilidad de perderme de esa forma me da un montón de miedo.

Espero conseguir madurar emocionalmente, atreverme a depender de alguien y encontrar a un chico que me quiera y que no estruje mi pobre corazón entre sus dedos. Espero, también, hacerme pronto millonaria y retirarme de trabajar por mis propios medios. Y entonces espero, además, no ser estéril porque tenga las hormonas como unas maracas y poder procrear bebés listísimos y un poco cabezones con nombres medio normales. Y seguro que cuando suceda me hará muy feliz. De momento, me temo, castidad y condones a partes iguales.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Por eso me quedé soltera, V: La pasión

Hoy estaba yo durmiendo la siesta y soñando literalmente con escalar, es decir: soñando con la vía frente a mí, con el musgo verde que cubría la roca donde trepé ayer, con la manera de agarrar los cantos y las regletas y los bidedos y con que me caía justo al final. Luego luchaba con el despertar, porque emerger de las siestas de invierno me cuesta tela, y pensaba en la muerte, porque a esa hora es cuando me vuelvo consciente de mi mortalidad, no sé por qué.

Y entonces se me ha ocurrido: "encuentra algo que te apasione y hazlo", así rollo consejo para el blog nuevo. Todos deberíamos vivir momentos de gran pasión, aunque sea dosificados en una vida estable de persona sensate. Todo el mundo debería sentirse así en algún momento: echarse una siesta tranquila en el sofá chaiselonguero y descubrirse soñando con algo tan absurdo y friki como un trozo de pared.

A mí me gustan los tíos que se apasionan por cosas y el tipo de amor puro y extraño que generan por ellas. A MQEN le encanta la música, y no os creáis: es un puto coñazo. Me traía aburrida siempre con los discos de rock sinfónico que empezaban con temas instrumentales de veinte minutos. Aun así, era bonito. Me gustaba caminar por el campus de la Autónoma oyendo los discos que él me grababa, porque aunque no entendía nada pensaba: ésta es su sensibilidad, con esto vibra él. Era como escuchar su corazón.

También es verdad que no creo que sirve cualquier pasión. Hola, Marina, soy un apasionado de la filatelia, ¿te seduce eso? Pues mira, no, la verdad. Coleccionar sellos me parece una chorrada tamaño jumbo. Me seducen las pasiones así sexys, como el dibujo, o la montaña, o el piano; que pueda hasta cierto punto entender, supongo, y compartir. Porque me encanta pensar que alguien puede tener un amor tan intenso y tan ensimismado como el que tengo yo, por ejemplo, con escribir. Que exista algo en su vida que le consuele y le ayude tanto y, sobre todo, que se involucre con algo. Que piense que las cosas importan.

Hay que tener cuidado, claro, porque las pasiones tienen como grados de ser molestas. Un poner: un tío apasionado por los sellos será un rollo, pero a ti sus sellos te dan igual. Ni siquiera ocupan mucho espacio en casa. Ahora júntate con un tío apasionado por tocar un instrumento y aguántale ensayando horas y horas. O que tu maromo/a se flipe con escalar, a ti te la pele y ahora tengas que aprender a asegurar y pasarte los fines de semana en el campo, sentada en una piedra, oyendo hablar de pasos y de agarres y maldiciendo el día en que tu churri topó con esa adicción del Averno.

Porque es difícil entender a un apasionado, las cosas como son. Requiere grandes dosis de paciencia, respeto y buen humor. Requiere aceptar que su pasión es importante para él y es parte de lo que te enamoró. Lo ideal, claro, es que compartáis eso y que los dos vibréis con lo mismo, pero si no sucede tendrás que intentar comprender su pasión desde la tuya; si la tienes, claro. Quizá el verdadero problema lo tengas si es a ti a quien le falta.

Por último, que me disperso y tampoco estoy llegando a ninguna conclusión redonda y potente, real life story. Sábado por la mañana, día de escalada. Kpot y yo estamos desayunando en la venta de la Barca de Vejer de camino a San Bartolo. Entonces aparecen el Cabesa, al que llamamos así porque le dice a todo el mundo "cabesa", con su novia, que también va a escalar. "¿Os vais a venir al Mosaico?", les preguntamos. El Mosaico es uno de los sectores más famosos de la zona, donde grabé los vídeos de este post. "Qué va, cabesa", dice el ídem. "Me voy con Maribel a los sectores fáciles para enseñarle a escalar".

Los dos entran en el bar a pedir y el Kpot, que es una persona brutalmente apasionada con la escalada a un nivel cuasipatológico, se queda pensativo, rascándose la cabeza con la mano mientras fuma tabaco de liar.
- ¿Sabes qué? - me dice -. Me dan envidia estos dos. Pero no como pareja, no sé. Me da envidia él. Porque va a echar un día de escalada de mierda, ¿no? Ahí en las vías fáciles con su piba, enseñándole lo básico, sin apretar ni nada. Pero a él le compensa. Y eso es bonito.

Nos quedamos los dos reflexivos y meditabundos, supongo que preguntándonos, hasta cierto punto, si el amor a lo mejor es patrimonio de estas personas. De las que pueden vivir un día sin su pasión porque tienen otra más grande. O preguntándonos si somos ese tipo de personas, si hay algo de esa generosidad dentro de nuestros corazones exagerados. Preguntándonos, en general, que el Kpot y yo pensamos mucho. Imaginando, o al menos yo, que nos toca ese tipo de amor, mientras tomamos molletes con aceite de camino al Mosaico.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Onicoterapia II

Así que últimamente llego a Cádiz los domingos así guay, con las endorfinas por las nubes, toda contenta y satisfecha de mis días de escalada. Hago el parte de lesiones: me duelen los dedos, por las malditas regletas de la vía que he estado probando hoy; me duelen las rodillas, porque me sigo dando golpes cuando me aturrullo; me duelen las yemas por la roca abrasiva de San Bartolo y los filos cortantes de Benaocaz. Me duelen los hombros de apretar, el cuello de llevar mi cuerda nueva, los pies de los gatos. Esto NO puede ser sano, me digo.

Entro en mi casa, cierro la puerta y saludo, "hola, casa". Cada uno tendrá sus rituales de domingo, y pienso en IA llegando tarde en la furgo y poniendo la lavadora. Qué limpito y qué apañao eres, IA: desde aquí te lo digo. Yo llego, tiro las cosas sobre la cama y abro el ordenador. Sacio un poco el mono de blog-facebook-chorradas y me pego una ducha espectacular, lavándome la cabeza con las muñecas porque, ya lo he dicho: me duelen las yemas. Friego los platos del desayuno, que me los he dejado sucios con las prisas de salir siempre tarde. Ceno los restos de la comida del mediodía, que ya sabéis que los escaladores no comen. Después quizá deshaga la mochila (quizá no) y por último me pongo a escribir.

Entonces me miro las manitas. Si os pensáis que por escalar me pinto las uñas menos, estáis en un error. Lo que pasa es que ahora he creado un ciclo del pintarse las uñas que voy ajustando a mis entrenamientos en el roco y a las salidas de escalada y consigo estar medio presentable casi todos los días. La manicura del domingo es fundamental, que se me ha caído la mitad de la pintura de tanto apretar. Echo un ojo a mi estante de esmaltes y elijo uno así como intuitivamente, desde el corazón. A veces pienso en qué me voy a poner al día siguiente, pero normalmente elijo más la ropa en función de las uñas que al revés.

Hoy sí, hoy pienso que mañana me voy a poner el vestido morado hippie granadino o quizá la falda negra con las medias moradas. Lo que sea, pero falda: los lunes de otoño es más que necesario enseñar las piernas. Así que me voy a pintar las uñas del morado nuevo que me compré en el Mercadona, que no sé por qué pero pinta mal, como raruno, pero con un par de capas no queda mal. Me quito el esmalte viejo, corto y limo las uñas muy muy bien para no arañar el martes las presas del roco y me pinto con destreza. Algún día os contaré los secretos de la vida para no salirte cuando te pintas las uñas y haré mucho bien a la humanidad.

Y en esa pintada de uñas nocturna hago mi ritual, mi pequeña transición. Del domingo al lunes. Del finde lleno de libertad y aire y amigos y vías al lunes lleno también de vida, también de otra libertad, de otro aire (calefacción) y compañeros y pacientes. Me escuece el quitaesmalte en los arañazos de las manos, pero en cuanto puedo ver mis diez uñas pintaditas pienso: ya está, ya soy una dama otra vez y ya estoy lista.

Que venga el lunes, si se atreve. Tengo una falda, unos tacones, unas manos divinas y todo un blog que gritan que no me da ningún miedo.


PD: Os cuelgo otro vídeo de mí escalando, hu ha. Porque sí, así de forma gratuita.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El mal menstrual

Queridos y sufridos lectores:

Hoy os voy a hablar del ciclo menstrual. Esto quiere decir que todos los que no queráis leer sobre el tema, tenéis todo el derecho del mundo a cerrar la página y esperar a mañana.

¿Por qué? Os preguntaréis. ¿Por qué Marina quiere hablarnos de sus ovarios? Pues porque creo que la gente, y más concretamente los hombres, deben saber a qué clase de fuerza de la naturaleza se enfrentan. Creo que el tema de los ciclos menstruales no está lo suficientemente extendido y tratado, y es mi obligación como persona y como mujer que el mundo lo sepa y pueda entendernos.

Yo antes tenía la regla cada eclipse solar completo, por aquello de que mis hormonas estaban locas y se dedicaban a bailar la conga por mi torrente sanguíneo, generando poliquistes en mis ovarios, taponando mis folículos y en general haciéndose las longuis respecto a su función corporal. Era bastante divertido, por la incertidumbre. Una vez tardó tanto que pensé que me había quedado preñada y que encima no podría saber quién era el padre, porque en el tiempo que había durado ese ciclo me había dado tiempo a conocer carnalmente a varios maromos. Mis amigas empezaron a llamarme tita Marina y al final Aran (que el Cielo la guarde) me compró un predictor, que me hice en mi casa mientras mi tía gritaba desde el piso de abajo: "¡Pues yo que tú no lo tendría, que luego los niños agotan!".

Luego empecé a tomar la píldora y aquello era una maravilla. Sabía cuándo me iba a bajar la regla, podía calcular los encuentros con mis novios a distancia y si se me retrasaba un solo día me podía poner nerviosa y comprarme predictors. Es cómica la cantidad de predictors negativos que me he hecho en mi existencia sin tener motivos fiables para creer que estaba preñada. Creo que como siempre he estado en fase de tener el reloj biológico a tope, me hacía un poco de ilusión pensar que estaba embarazada. Ahora concretamente no quiero tener hijos ni en pintura, pero como tampoco tengo contacto carnal con maromos, pues esos problemas que me quito.

Después dejé la píldora y volvieron los ciclos de eones de duración. Peeero empecé con la paleodieta y el deporte y ahora resulta que debo de haber regulado mis hormonas, porque soy puntual como un reloj. Puedo predecir cuándo me va a bajar la regla. Eso me da una sensación de funcionar bien bastante agradable. Por desgracia, el Acné del Averno permanece y se carga mi teoría de que todo es hormonal, pero menos da una piedra.

Y ahora, con veintiséis años, he descubierto el horror verdadero: los ciclos menstruales. Porque resulta que yo no soy una sola persona todos los días del año, no. Soy por lo menos cuatro. A saber:

1: La Marina normal: comienza cuando acabo de terminar con la regla y dura como dos semanas y media. Es una chica dulce, tranquila y mesurada. Se siente ligera, come sano, se raciona adecuadamente el chocolate y piensa que el mundo es un lugar feliz. Está soltera y le gusta, porque sabe que el amor llegará en su momento y que mientras tiene que aprovechar. Esa Marina me encanta, peeero en breve llegará...

2: ...la Marina Presíndrome Premenstrual: aparece una semana-diez días antes de la fecha prevista para que te visite tu amiga la de rojo. Es una Marina que, sin saber muy bien por qué, empieza a tener un montón de hambre, preferentemente de chocolate, a sentirse hinchada y rara, a no encontrar su lugar en la vida y a pensar que se le ha vuelto a escapar esa felicidad difusa que estaba conquistando. Hasta que mira el calendario y se da cuenta: no es que esté deprimida, es que ya queda poco para que llegue...

3: ...la Marina SPM: esa Marina llega tres días antes de la regla y no es una persona. Es una criatura desatada que funciona a base de carbohidratos y chocolate, que odia a la Humanidad, que dice palabrotas mientras conduce y que se acurruca en posición fetal en su camita queriendo tener novio. Esa Marina no es mi amiga y no me cae nada bien. Y lo peor es que cuando desaparece es para dejar paso a...

4: ...la Marina menstrual: se siente enferma y flojita, quiere que alguien la abrace todo el rato y tiene dolor de riñones. Su mejor amiga es la bolsa de cereales para el microondas, que se va rulando entre la panza y la espalda. Está hinchada como un balón y va por ahí derrochando autocompasión y miseria física. Subsiste a base de espidifén y no puede entender cómo un cuerpo tiene que pasar por eso una vez al mes.

Y ese es el plan durante AÑOS Y AÑOS, doce-trece veces al año, todo para no saber siquiera si en este mundo cruel alguien va a querer tener descendencia conmigo. No hay derecho. No hay derecho a que una tenga miedo a haberse vuelto ciclotímica para descubrir luego que es una marioneta en manos de sus hormonas. Todo esto debería conocerse y regularse, para que en nuestros días/semanas pochos se nos redujera la carga laboral, se subvencionara el chocolate y se nos alquilaran gigolós cariñosos. La vida no es justa.

Y con este post tan instructivo, me voy a meter en la cama. Y no os voy a decir en qué fase estoy ahora, que lo que me faltaba ya era que mis lectores estuvieran al tanto de mi ciclo menstrual, que pasamos la barrera de la intimidad y entramos directamente en lo preocupante.

Conceptos raros de mi mente, I: Guapos que me aberran

Hoy me he dado cuenta de que en mi vida existen dos tipos de guapos: los guapos que me encantan y los guapos que me aberran. Seguro que te ha pasado: ves a un tío que es tan guapo que es "demasiado perfecto", y que te da como grimita. Por cierto, que una vez leí que eso sólo nos pasa a las tías: nunca oyes a un tío decir "es que es como demasiado perfecta".

Hoy, por ejemplo, iba yo en mi moto camino de la estación de tren de cercanías. Me he parado en el semáforo que da a la Avenida, frente al hotel Barceló. Entonces se ha colocado junto a mí un ciclista. Era joven, probablemente un par de años más que yo, y tenía una piel tan perfecta que parecía que llevaba maquillaje. Me he fijado en su pelo rubio, largo y liso, recogido en una coleta descuidada detrás de los hombros. Clavaba los ojos azules en el tráfico de la Avenida mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde.

"A mí no me la pegas", he pensado. "Eres guapo como un dios del Averno, pero a mí no me la das, chaval, porque yo me conozco a los de tu tipo como si los hubiera parido. Para empezar, ni muerta salgo yo con un tío que tenga el pelo más liso y más rubio que yo. Eso es así. Y además, esa coletita, colega. Que yo tengo el pelo largo, y esa coletita así, con esos mechones saliendo por delante, NO es cómoda. Esa está muyy estudiada. Ya te imagino, maromo, mirándote en el espejo de tu casa y calculando qué porcentaje tiene que quedar dentro y fuera de la gomilla para que resalten tu mandíbula marcada y tus afilados pómulos. ¿Y esa bici rollo antigua? ¿Dónde te crees que estás, en Florencia? Y el roto en los vaqueros, y los bajos remangaditos... por favor, que el Corte Inglés ya no va a ficharte para que le hagas de modelo. Te crees muy guapo, ¿no? Pues que sepas que eres lo peor y no te tocaría ni con un palo."

Y todo esto en el tiempo que dura un semáforo. Verídico. Luego el chaval me ha mirado y ha debido de flipar con mis ojillos llameando detrás del casco, y entonces me ha salido la vena compasiva y he pensado que seguro que a pesar de ser tan mono también sufre, y que gastará una pasta en champú de camomila y que le entiendo.

Para terminar, me pregunto si debería archivar esta entrada en "Por eso me quedé soltera". Que al final entre los feos, los gordos, los guapos que me aberran, los que no escalan y los que pasan de mí, el número de potenciales maridos míos que viven ahora mismo en el planeta debe de ser más o menos de dos, a lo mejor uno está en San Francisco y el otro en Bali y cualquiera se pone ahora a buscarlos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Aquí tenéis a la criatura

Queridos todos:

Aquí está el blog nuevo con su primer y flamante post. No tenía muy claro por dónde empezar, y al final he dejado cualquier cosa.

Antes de que me acuséis de antidemocrática, o de para qué colocas una encuesta si al final le vas a llamar al blog como te salga de los huevos, os explico. He estado muy a puntito de quedarme con el título de "La felicidad subversiva", porque en realidad me gusta y es como sugerente, y porque dado que mi intención oculta es convertirme en un best seller de Internet como Paulo Coelho (pero por Internet) estoy a favor de hacer lo que decidan las masas. Pero resulta que esta semana me he dedicado a votar por "Psicosupervivencia" desde todos los ordenadores de mi curro, con lo cual los resultados están un poco alterados. Y he pensado: Marina, corazón, si a ti te gusta ese título pues pónselo, que para eso el blog es tuyo.

Una vez hecha esta aclaración me voy a dormir, porque me va a estallar la cabeza de escribir intentos de post inaugurativos.

Nota: Prometo mejorar el diseño del blog. Con las plantillas de blogger y tal, no os esperéis gran cosa. De momento a escribir, que es lo prioritario.

Felicidad. O algo.

Hoy no ha venido mi tutora, así que he dedicado la mañana a ocultarme tras la puerta semientornada de su despacho, preparar la sesión clínica que tengo en diciembre y escribir. Intentaba comenzar el blog nuevo, pero no termino de encontrar el tono para el primer post. Reflexionaba sobre la felicidad, sobre qué tiene de subversiva, sobre qué creo yo que puedo aportar al ya saturado mundo de la psicología de andar por casa y la autoayuda medio coherente.

Ahora acabo de llegar a casa después de una cena demasiado opípara con la gente del roco. Estoy bebiendo agua con sal de frutas a sorbitos lentos, a ver si consigo hacer lo suficiente la digestión como para no tener pesadillas. Me pregunto qué es la felicidad, por qué soy yo aceptablemente feliz y qué puedo hacer para transmitir eso a los demás.

Hace poco colgué en mi cuarto un tablón de anuncios para colocar fotos, poemas y chorradas varias. Escribí con tiza en la parte superior "No hay mañana", que es una frase que me encanta y que he puesto de moda entre la rockypandi (nombre que da mi R mayor a mis amigos de la escalada) para ser aplicada en la roca y en la vida.

Y he pensado que últimamente, cuando me voy a dormir y leo la frase que está escrita en el tablón pienso "Sí que hay un mañana, y es genial". Me acuesto después de un día bueno y sé que al día siguiente me espera un día bueno. Hoy he trabajado, he escuchado a un paciente interesante, he hablado de zapatos con mi tutora. He comido paleocrepes de coco y boniato muy, muy ricos, he cogido el tren para Puerto Real y me he pegado una minisiesta con las Lecciones Express del Guerrero de la Roca abierto en el regazo. Después he entrenado razonablemente duro, me he ido a tomar café con el Kpot y hemos pasado como dos horas seguidas encadenando absurdeces y riéndonos sin parar. Luego hemos ido a casa de Ara, hemos cenado cosas super ricas y ahora estoy aquí, escribiendo, que lo que más me gusta hacer en el mundo.

De eso van mis días ahora. Los puedo mirar uno a uno sin desear grandes cosas ni aspirar a metas lejanas. Simplemente, mis días están llenos de cosas buenas. Eso es más o menos mi felicidad. Eso es lo que aspiro a transmitir. Porque cuando uno tiene mucho, repartir lo que pueda es una obligación moral.

Espero encontrar pronto el tono del primer post y poner en marcha el blog. Mañana quizá no, que curro todo el día, pero pronto, pequeños, muy pronto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

50000 momentos, o más

Queridos: He tenido una idea de estas que parecían geniales en mi cabeza pero que se me ha ido un poco de las manos...

El tema es que ya hemos pasado las 50000 visitas y yo os quería dedicar una entrada. Pero así medio personalizada y tal. Con un breve comentario sobre cada uno de vosotros o, por lo menos, sobre los que participáis con relativa frecuencia.

Pero ¿con qué tiene un problema Marina? En efecto, con la brevedad. Así que me ha salido una cosa monstruosamente larga, con recuerdos de cuando no había sol y personitas que casi había olvidado.

Así que el procedimiento para leer este post es sencillo: buscad vuestro nombre/nick. Lo he puesto en negrita y todo para que sea más fácil. Leed el mensaje asociado. Conmovéos y pensad que soy genial. Pasad del resto, porque está lleno de alusiones personales supercargantes y porque de verdad, me ha quedado todo como muy, muy largo.

Seguro que me dejo a alguien. No he seguido ningún orden en particular. Si me olvido de alguno, lo siento, pero mi memoria tiene sus limitaciones y además me caigo de sueño.

Ahí va:

PARA MIS LECTORES, QUE SON AMOR

- Daltvila: me gustan mucho tus comentarios dulces y mesurados. Imagino tu manera de escribir como lenta y precisa, así en salones bonitos con tazas de té. Y siempre me entran ganas de llamarte Dalt, pero me contengo porque igual no te mola.

- Speedy: Me haces mucha gracia, contadora de cosas. Intuyo que tienes una relación con la escritura parecida a la mía: si no se escribe no vale ni se vive igual. Tus comentarios son breves pero acertados, y tus post surrealistas sobre tu manera de salvar el mundo siempre me sacan una sonrisa. Eres de estas blogueras con las que intuyo que me llevaría muy bien en la vida real.

- Primaveritis: me encantas, punto, a pesar de las corrientes de gente criticona que te han salido últimamente por el blog. Que digo yo, que para criticar por qué coño te leen, pero bueno. Te decía que me encantan tu frescura y la manera muy tuya que tienes de escribir y de vivir la vida. Estás super loca, pero me tienes enganchada, y me honra tenerte entre mis lectoras.

- Pab: tienes un montón de talento y eres un bloguero con solera, de estos que también me hacen sentir orgullosa cuando veo un comentario tuyo. Y el título de tu blog me parece muy, muy grande. Nunca olvidaré aquella entrada tuya sobre el Partido de la Gente que Echa de Menos Algo y No Sabe Bien Qué. Tendrían que haberse presentado a estas elecciones, qué quieres que te diga.

- Silvia: empece a leer tu blog el otro día y me quedé sorprendida, ¡escribes muy bien! No te comento porque soy floja, pero me iré pasando por allí.

- Guarismo: no tengo claro si sigues apareciendo, pero me encantó conocerte cibernéticamente y en persona. Me parece mágico poder entablar una relación literaria entre dos personas tan distintas en edad y condición como tú y yo. Espero que estés disfrutando de tu jubilación y que nos veamos pronto en el hermoso jardín de Villalejos. Te recuerdo cuando voy a las playas de tu Cái.

- Fuckowski: Yo creo que ya no me lees, pero siempre fardo de que un bloguero famoso me agregó al Messenger, se tomó un par de Guinness conmigo y me regaló firmadas dos ediciones de su libro. A ver si nos damos el toque cuando vaya a Málaga, aunque teniendo en cuenta que hace meses que no veo ni a mi familia, está la cosa regular, no te voy a mentir.

- Ciudadano: disculpa de nuevo el plantón post DDM y gracias por tus comentarios, que emiten metta a un volumen altísimo incluso a través de la web. Puedo prometer y prometo que te voy a llamar la próxima vez que vaya a Sevilla. Creo que ahora mismo estás haciendo un curso, así que espero que sigas radiando buenas vibraciones para esta bloguera ligeramente desviada del camino.

- Anónimo76: me gusta el toque que le das al blog. Ese punto de cinismo mezclado con me hago el interesante mezclado con en el fondo te aprecio Marina porque eres amor me hace mucha gracia. Te agradezco tus opiniones, que suelen ser tan jugosas como acertadas, y te comunico que circula entre mis conocidos 3D la hipótesis de que estás desplegando una lenta estrategia de seducción hacia mí. Whatever; mola tenerte cerca.

- Señor K.: sus comentarios, como sus escritos, se caracterizan por lo breve y lo incisivo, y me suelen poner una sonrisa en la cara. Y aunque nos veamos con la frecuencia de los eclipses totales de sol, ya sabe que le aprecio y que no olvido eso que escribió un día sobre mi belleza trigueña y mis preciosos pies.

- Aldery: también me alegro siempre que leo un comentario tuyo, aunque la dirección secreta de tu blog se me olvida sistemáticamente, soy el mal. De mayor quiero ser como tú para salir siempre bien en las fotos y ser increíblemente lista y adorablemente friki. Y me acuerdo de ti cuando hago ensalada con patatitas y cuando tomo espidifén para el dolor menstrual (qué profundo todo).

- Coseta: tus fotografías me hicieron comprarme una réflex. Me saliste cara, cabrona. Eres una artistaza y me encanta tu mirada, y me hace mucha ilusión cuando te veo aparecer por aquí. Ah, y el Facebook me sugiere que sea tu amiga, no sé por qué misterioso y torcido mecanismo de adivinación.

- Alex: a ti qué te voy a decir. Que encontraste el botón de invitar a cañas y lo pulsaste pero bien :) Ya en serio, primor: gracias por aparecer y por la enorme ración de vida que inyectaste en mi vida. No se me dan bien los adioses eternos, así que me alegro de poder seguir disfrutando de lejos de la increíble personita que eres, aunque sea vía "me gusta". Molas mucho, moreno, y espero poder volver a escalar contigo alguna vez, que te voy a montar yo las vías y vas a flipar con mi colocación de pies.

- Neikos: cuando veo en el Revolvermaps que me has visitado desde Illinois me entra una alegría muy tonta. Quién iba a imaginar cuando nos conocimos a la entrada del museo Picasso que en unos años estarías viviendo las Américas con tu preciosa familia propia. Enhorabuena y te debo un mail, lo sé. Y gracias por los ánimos, en serio.

- Dani Atún: Siempre digo que es Funes, pero en realidad pienso que mi mayor fan eres tú, que cuando empezaste a leerme escribiste algo como que mis cuentos te habían tocado el alma. Me acuerdo de ti cuando escucho Solitary Shell. Me gustaban nuestras conversaciones, tus buenos días por el chat y escuchar tu acentillo granaíno por el Skype. Lástima de comunicaciones Niza-Cádiz, pero bueno; todo se andará.

- Andrés Almohado, como te llamaba J.: No sé si me lees todavía, pero que sepas que si empecé el blog fue por ti, cuando en casa de Josy, la noche aquella que comimos tiramisú y que Nacho y yo nos hicimos mimitos en el suelo de su cuarto, me dijiste que tú tenías un blog. Y yo pensé: si el pelanas este tiene un blog, yo también puedo. Eres lindo y curioso, y me encanta tu forma de encarar el amor y vivir la vida. Y no pierdas la esperanza, que cualquier día nos cruzamos solteros por ahí y nos damos un homenaje.

- Angeloso: ver aparecer tu mail en la bandeja de entrada hace ya muchos meses me alegró un día pocho y una época tonta. Será por tu apellido. Saber que te vas a meditar por haber leído este blog me pone todavía más contenta. Ya me contarás.

- Tatiana: espero que tu hija esté mejor y haber ofrecido un poquito de consuelo en este camino solitario y frustrante que son las dermoenfermedades.

- Tiklia: el comentario que dejaste en el post de "Fuerte" lo vi hace unos días por casualidad y me tocó el corazón, en serio. Y cuando pienses en "qué haría Marina", la respuesta muy probablemente sea: "Marina se encogería de hombros, comería chocolate y pensaría en cómo va a escribirlo en el blog".

- Funes: gracias por ser y por recordarme la compasión y las cosas buenas. Si algún día escribo una novela, la razón número dos será porque quiero que la leas tú. Que, por cierto, tienes en tu poder la Novela Física o Química y creo que te has olvidado, o te ha parecido tan terrible que la estás omitiendo, no lo tengo claro. No te digo más cosas porque tú ya lo sabes.

- Els: eres un angelito, lo sé por esos huecos que te salen detrás de los hombros, justo donde te van a colocar las alas en la próxima reencarnación. Eres one of a kind y te agradezco que estés en mi vida. Y me encanta identificar tus comentarios por la palabra Mopi, y también tu identidad secreta y generosa de Catsaver.

- PK: No te voy a alabar más, que ya cansa, ¿no? Va, eres genial y me he comprado un jersey a rayas verdes y negras que me recuerda mucho a ti y me da buen rollo.

- Aran: lo voy a dejar para tu post homenaje, ¿vale? Pero que te quiero, te quiero tela, que ojalá pudiera estar más cerca para darte todo el cariño que sé que necesitas, que eres increíblemente fuerte y valiente, que te mereces la felicidad y que te va a llegar seguro. Acurruamor, siempre, y esas amigas de relleno apoyándose ahí frente a la Pekielsicracia.


- Toni/ Espera a la primavera, B.: tu tristeza y tu luz componen una mezcla extraña, que a veces me acongoja y otras me maravilla. Sigue adelante y recuerda la alegría, que es una cosa linda.


- Byron: uno de mis lectores más antiguos y honorables. Creo que te enganché con la entrada aquella de los hippies pseudorrevolucionarios y hasta hoy. Te agradezco esa fidelidad tan adorable. Estoy pendiente de tu entrada sobre Roald Dahl que, por cierto, hoy me he acordado de él porque hace un frío que no veas, y él contaba en uno de sus libros que cuando estaba en el internado le obligaban a calentar con el culo la taza del váter para los de los cursos superiores (sí, me he acordado de Roald Dahl mientras meaba; ¿es eso muy intelectual o todo lo contrario?).


- Nisamar, que tienes nombre de sirena: ya hace mucho que no hablamos de hombres por el Messenger; intuyo que porque estoy demasiado enganchada al Facebook y porque tú has encontrado la paz junto a uno. De ti siempre me ha encantado tu sinceridad, tu fuerza y esa belleza cariñosa que te asoma desde detrás de los ojos negros. Tengo pendiente visitar tu islita, seguro. Y escribe, cojones, que la felicidad no tiene por qué ser un obstáculo para eso.


- Andrés Vera: no sé si me sigues leyendo, pero que todos los años me felicites por mi cumple me conmueve de una forma difícil de describir. Y que me compares con Aracne también, porque ella es grande.


- Anónima del Averno: tu nick me hace demasiada gracia. Era el mejor hasta que llegó Batalecotal y partió la pana.

- Batalecotal, por cierto: eres fabulosa de principio a fin. Aprendí más en un mes contigo que en un año con otros profesionales de la salud mental de cuyo nombre no quiero acordarme. Me lo pasé muy bien en Santiago: me encanta ir a visitar a gente que hace un hueco en el horario de turismo para la siesta. Haces las cosas fáciles, y no tengo claro si eres muy muy rara o muy muy normal. En cualquier caso, estoy por irme a rotar a Santiago nada más que por aprender de ti, aspirar radón contigo y montar con tus colegas extraños negocios de venta de camisetas de colores.

- Leti cole: me fascina que, después de nuestra intensa amistad infantoadolescente y de muchos años de distanciamiento aleatorio, podamos seguir manteniendo el contacto a través de este blog. Me alegra que me leas y que todo te vaya bien.

- Anita, sí, tú, la de Logroño, ¿estás ahí? ¿Cómo te va, locaza? Se me acaba de ocurrir que te voy a agregar al Facebook, si te encuentro, claro. Te sigo echando de menos cuando como aceitunas violadas y acaricio el Juan Palomo en las estanterías del Carrefour (porque ya no lo como, que es caquita nutricional).

- Adri, amigo: no sé si tú sigues ahí. En teoría no, pero quién sabe. Te echo de menos. Espero que estés bien. Durante algún tiempo abrir este blog era lo segundo que hacías en tu día, y fue una época bonita; no sólo por eso, claro, que no soy tan egocéntrica. Gracias porque tu recuerdo me sigue haciendo sonreír, y por aquella vez que me dijiste, resoplando: "es que escribes demasiao bien, amiga".

- J.: Tú ya no me lees y lo sé, pero todo empezó aquí, así que gracias por esas veces que sí me has leído y que sí me has comentado. Desde aquella primera vez, que nos cambió la vida a los dos: gracias por compartir conmigo tu peculiar y hermoso torrente de palabras. Gracias por tu parte de lector, porque cuando te pedía una crítica te quedabas masticando las frases y me aclarabas su resonancia. Por admirarme siempre como escritora y escribir tú cosas bonitas sobre mí, como aquello de "no es perfecta, pero es bastante increíble". Te quiero desde lejos.

- José Luis, corazón: que eres mi principal proveedor de abrazos. Otro maravilloso profesional que me da ganas de sacar banderitas cuando le veo trabajar. Sentarme junto a ti en consulta es un privilegio, y ser tu R pequeña es otro. Y hasta tienes buen gusto para los zapatos. Te quiero veintemil.

- Mami querida, que no me he olvidado de ti. Que sé que para ti esto es el Marina Daily News y que aunque no te lo creas intento compensar un poco que soy una hija desnaturalizada contándote mis intimidades así en tiempo real. Te quiero un montón, un montón, un montón tan grande que no me cabe en un post. Ven a verme a Cádiz cuando estén listas las obras de la casa. Dame mimitos, hazme paleopapeo y ayúdame a limpiar las juntas del baño, porfi. A cambio prometo enseñarte Cádiz en paseos breves con muchos banquitos intermedios.

- Titos Quique, Lourdes y Mariví: un poco más de lo mismo, que gracias por leerme y por quererme desde que nací y era un mico repelente con la cabeza algo desproporcionada. Yo también os quiero tela.

- Gente del taller de escritura de Granada: ¿Seguís algunos por ahí? Cora, Alma, Juan María... Fue TAN bonito daros el taller. Aprendí TANTO de vosotros. Me haría mortal de la ilusión saber que seguís por aquí.

- Lectores antiguos, que ya no estáis pero que seguís en mi memoria. María conanimodeofender, la poetisa obsesionada con las mariposas que posaba con cara de interesante y caminaba dulcemente las calles de Granada. El pinchadiscos, que escribía estupendamente y me dijo, tajante: "tienes que leer a Bolaño". Ella, de ellayelresto, que nunca nunca debió dejar de bloguear y espero que no haya parado de escribir. Irene, de Chuches, que me hacía tirarme de la risa con sus post y sus mails, pero que también dejó su blog y que igual paró de leerme cuando volví a comer carne...

Se me olvida gente, seguro... Mireia, Isabel, Khal Yeleytr o como se escriba... Una forma de amor, la libertad; Mar, otra Isa, Dequesí, que no me lee porque actualizo demasiado. Mara, que me abordó el primer día de un curso de meditación y me confesó que se había apuntado por el blog. Aquellos que aparecéis de vez en cuando y saludáis: gracias, porque sé que comentar muchas veces da pereza, pero de verdad que me alegra el día.

¡Jesús! ¡Sois un montón! Si llego a saber que sois tantos, no me pongo con la entrada, que es la una y esta niña de aquí tiene que dormir un poco... Ya en serio: me ha encantado escribir esto. Me ha hecho recordar muchas cosas bonitas. En fin, sed felices todos y seguid pasando por aquí, que a este paso llegamos a las cien mil en cero coma y a saber qué despropósito se me ocurrirá para celebrarlo.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Intervención en crisis

El martes pasado vi a un paciente que no era mío porque su referente estaba ocupada y él había venido sin cita. "Conténlo hasta que le puedan ajustar la medicación", me dijo su psicóloga, lo que no deja de tener telita como instrucción profesional, pero para qué vamos a ahondar en ese tipo de heridas. La cuestión es que me metí en una consulta con un chaval al que no conocía en absoluto y que moqueaba y lloraba diciendo que no podía con su vida y que quería morirse.

Lo primero que te entra es un pánico mortal. Tu cerebro quiere buscar soluciones a los problemas que te trae el paciente. Quieres decirle que se anime y que la cosa no está tan mal. Si la cosa está verdaderamente mal, y a veces lo está, sientes cómo crece en tu interior el miedo a no servir de nada. Mi paciente, al que vamos a llamar David, estaba sentado enfrente de mí contándome que habían abusado de él cuando era pequeño. Y yo, que tenía el ordenador con el Facebook abierto y que no había podido tomarme mi meriendita de media mañana, me preguntaba hipoglucémica y desconcertada qué coño podía decirle a este chaval que le hiciera sentir mejor.

El primer paso, por absurdo que parezca, es traer clínex. Y agua. Aunque no les haga falta. Punto uno, porque llorar sin clínex es muy molesto; la vida ya es perra como para sobrellevarla moqueando. Punto dos, porque aunque no tengan sed es bonito sentir que te cuidan. Después te tienes que recomponer tú, como profesional: percibe tu miedo, identifícalo y átalo corto. Que no te pueda. Deja a un lado tu ego, remángate la camisa metafórica y húndete hasta los codos en la miseria ajena para ver si puedes ayudar en algo.

Después de eso puedes intentar entender. Olvidarte de que tú eres la profesional y se supone que debes ofrecer respuestas, despojarte de tus expectativas y escuchar de verdad al que tienes delante. David me suelta un montón de datos en muy poco tiempo. Me habla de lo mucho que piensa en el hombre que abusó de él, de que está agobiado por coger la baja y que le echen del trabajo, de sus problemas con la novia.

Intentas entender y después pones palabras. Es increíble y precioso cómo nombrar las cosas las hace reales y dignas de respeto. ¿Sabéis lo que vuelve loca a la gente? Que no se les vea, que se niegue la realidad de su sufrimiento. He visto a mujeres abusadas por sus padres que lo que realmente no pueden asimilar es que sus madres les dijeran que eso no tenía importancia. A David le digo algo como "veo que estás muy agobiado", y me asiente con los ojos empañados como si le estuviera revelando la realidad de su existencia.

Buscas los pequeños atisbos de luz, porque la hay. La parte que no está rota. David me habla de su hija y le pregunto cómo se llama. Le pido que me enseñe fotos, y saca de su cartera un par de ellas donde se ve a una niña de mofletes redondos, no especialmente guapa, pero sí muy tierna. Es preciosa, le digo, y le pido que me hable de ella; no por nada, sino porque recordar estas cosas bonitas está activando las conexiones positivas de su cerebro y actuando de calmante natural. Como yo cuando escribo sobre la PK para escapar de la penita.

Estableces pequeños compromisos. Algo que el paciente pueda hacer en los próximos días o las próximas horas, hasta la siguiente vez que vaya a venir o hasta que se le pueda dar otra ayuda. Las crisis te sumen en un tunel de presente intenso y desesperado. Muchas veces sólo hace falta dar al dolor una dimensión temporal, de cosa que acaba y da paso a otros momentos. Cambiar el encuadre, introducir la palabra mañana, o el lunes, o la proxima semana.

Y ofreces esperanza. Hablas de la gente que está dispuesta a ayudarle, empezando por ti, porque parte de tu trabajo es simplemente convertirte en ese pretexto para salir adelante, demostrar que tu paciente te interesa. De nuevo miras, y ese acto de mirar y ver con compasión al otro se vuelve curativo.

Todo esto que acabo de explicar en realidad no es más que un parchecito. Es como dar un ibuprofeno cuando detrás hay una enfermedad enorme que lleva gestándose años. Te queda mucho por trabajar con ese paciente, e incluso después de muchas sesiones no esperes que vas a dejarle en estado de revista, porque las personas no son coches. Pero a pesar de esto, del realismo pragmático que no puedes perder si trabajas en esto, te sientes contenta. Por ti, por haber sabido mantener la calma y cruzar a través de la oscuridad y de tu propio miedo. Y porque armada simplemente con palabras, has conseguido que una persona deje de llorar. Que sonría un poco. Que no se pula los clínex de propaganda farmacéutica que tienes en el escritorio. Y eso, a pesar de ser bastante de andar por casa, no deja de parecerme un pequeño milagro.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Preocupante optimismo de jueves


Antes de empezar este post quiero que sepáis todos que he encontrado la solución a cuándo pintarme las uñitas para que el rato que tardan en secarse no se me haga eterno y no termine destrozándomelas por impaciente, a saber: antes de escribir. En efecto: escribiendo a ordenador las uñas no rozan con nada, y se secan la mar de bien mientras yo atrueno con mis chorradas vuestros oídos mentales. Así que aquí estoy, con mi rojo favorito (el rouge fashionista de Bourjois) contrastando contra las teclas blancas del Mac.

Hecho este inciso, quiero decir que esta semana me siento ridículamente optimista. En realidad yo qué sé, últimamente mi vida no es más que una sucesión de momentos bastante agradables, así que tengo motivos para el optimismo. Por otra parte, claro, está mi conciencia perenne de que la vida es frágil y la línea que nos separa del lado oscuro es fina. Cada vez creo más en lo del karma, porque si no la aleatoriedad de todo esto me volvería loca. Voy yo con mis medias violetas y mis guantes de polar rosa, conduciendo mi moto y apoyando los tacones en el suelo, y alcanzo a ver mientras conduzco cómo una chica joven y morena rebusca en el cubo de basura que hay al lado del Supersol. Y luego hacer cola en la caja registradora del Hipercor, y mirar fascinada a una señora mayor con mechas rosas y rojizas en el pelo cano que está comprando dos botellas de champán supercaro, sólo eso, dos botellas de champán, y que me hace desear envejecer sólo para poder teñirme así y comprar champán yo sola en el Hipercor. Contrastes.

Esta noche me he despertado rascándome la cara hasta hacerme sangre. Me pregunto si en algún momento me tendré que poner manoplas, y espero sinceramente que no, porque me parecería muy triste. Y fluctúo entre desesperarme por mis pequeñas miserias y alegrarme todo el día por esta vida de una luz terrible. Hoy íbamos en coche a Jerez, a un curso que ha sido aburrido como el Averno, dos compañeras y yo. Una de ellas es amiga, quedamos a veces y me cae muy bien. La otra también me cae muy bien, es muy maja, muy mona, muy alta, con su Ford Focus y su iPhone, un bolso marrón precioso de Bimba y Lola y un novio que vive en Sevilla y que también tiene un iPhone por el que hablan por videoconferencia. Y es super maja, de verdad, muy muy simpática, pero es una de estas personas que no tiene imaginación, y lo ves tan claro como si le faltara un brazo.

Cuando estaba con J. y él vivía en Pedregalejo, que es un barrio bueno de Málaga, íbamos a desayunar las mañanas de domingo a la Galerna, un bar modernito frente a la playa. Pedíamos unas tostadas riquísimas de pan de cereales cubierto de tomate batido, con un chorrito de aceite rollo elegante que salpicaba los platos cuadrados. Yo tomaba té verde en las tazas de loza blanca, J. pedía un café y nos dábamos besitos por encima de la mesa, porque si algo éramos nosotros es empalagosos.

Y esto viene, que me disperso, a que en el paseo marítimo de Pedregalejo hay un montón de familias recién constituidas de padres jóvenes con hijos pequeños. Algunos eran amigos de J., que es del barrio de toda la vida, y le saludaban mientras yo hacía carantoñas a sus bebés. Ellas siempre llevaban mechas y ellos siempre se estaban quedando calvos, y en cuanto les veías podías intuir que se conocieron en el instituto, salieron durante la facultad, se casaron y ahora tienen una hipoteca y 1'5 hijos rubios, que nunca entiendo por qué salen rubios si se ve claramente que lo de la madre son mechas.

Y a mí allí sentada, cogida con una manita de J. mientras comía pan con tomate con la otra, me daba por pensar que yo quería ser así: madre joven y mona con mechas y niños rubios, con un pisito en la Cala porque son más baratos, con mi hijo y medio paseando contento en su carrito. Por otra parte, sin embargo, me daba una angustia terrible pensar que mi vida ya estaba hecha y que me la iba a pasar siendo la mitad de una pareja, saludando a amigos con bebés y paseando por la playa las mañanas de domingo.

Todo esto me recuerda, y permitidme otra disgresión, que ya sabéis que al final siempre vuelvo al comienzo y todo cobra más o menos sentido, a que hace poco mi padre me contó que cuando nos compramos nuestra primera casa en Málaga pensó que él de allí ya saldría, y cito textualmente, con los pies por delante. "Y qué va, Marina, fíjate: me he comprado dos casas más, me he divorciado, me he vuelto a casar y quién sabe lo que me queda por pasar en la vida". Solo que mi padre en general es pesimista y no cree que le vayan a pasar muchas cosas buenas.

Lo que quiero decir es que claro que echo de menos a J. y las tostadas matutinas, y claro que a veces querría ser como las rubias con mechas o como la chica alta y mona de los iPhones gemelos. Pero fijaos en las cosas bonitas que me han pasado desde entonces, que quién me iba a decir a mí que viviría sola y a la vez podría ir por ahí en mi moto de los dieciséis, con mis tacones preciosos y mis medias violetas, y también pasar los fines de semana arañándome la piel en la roca, y colgar una barra en mi pasillo para hacer dominadas, y quitar verrugas con bisturís eléctricos, y ver a muchos muchos pacientes reales y fascinantes, e irme por ahí a conocer lectores adorables, y darme besos breves con rubios divertidos que luego resulta que tienen a griegas ocultas, y comprar cuerdas de ochenta metros por Internet, y decidir que en vez de un coche quiero una furgo, y sentir una alegría tonta cada vez que cruzo el puente de Carranza en dirección a Cádiz, y mirar las marismas con arrobo, y saludar a la gente diciendo "illoooo", y aprender POR FIN cómo se maneja una réflex, y limarme los callos de las manos, y escribir todos los días durante meses, y bailar en el salón al mediodía mientras entra el sol por la ventana, y descubrir Vetusta Morla, y ser capaz de pintarme las uñas de la mano derecha sin salirme.

Así que terminando con el post, y descubriendo nuevos límites para mi capacidad de dispersarme escribiendo, resumo: son muchas, muchas cosas, muchas cosas bonitas y nuevas. Y me tienen en un estado tan triposo de agradecimiento que me pregunto si realmente estoy capacitada para dar consejos sobre cómo vivir o simplemente he tenido suerte.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hoy es el día

Hoy es el día en el que me escaqueo de escribir porque mañana tengo que madrugar más que el resto de la semana para ir al seminario de área. Peeero me escaqueo con sutiles excusas y desafiantes propuestas.

No estoy escribiendo el Nano. Fue una muerte anunciada. Al tercer día y con tres mil palabras escritas, pensé "qué cojones estás haciendo, Marina, a quién quieres engañar". Y dejé de intentarlo. No es que me sienta muy orgullosa, pero tampoco me conflictúo. Si algo he aprendido últimamente es que para hacer lo que nos importa hay que funcionar con un poco de fuerza de voluntad y un mucho de pasión. Y mis niveles de pasión hacia la novela en este momento concreto de mi vida son muy bajitos.

El problema, creo yo, es que no estaba dispuesta a dejarle a la novela un hueco en mi vida. Sabía que tenía que renunciar a cosas y no quería. No se trata ya de escalar menos; es que no quiero ni siquiera dejar de nadar, ni de escribir aquí, ni de dormir siestas obscenas con despertares desubicados. Me encanta mi vida ahora y no quiero cambiarla demasiado. Así que bueno, en otro momento será. Quizá el noviembre que viene, quizá cuando acabe el PIR, quizá nunca. Voy a intentar seguir viviendo mi vida escritoril con la misma curiosidad y expectativa con que intento vivir mi vida de persona física.

Por qué nos cuentas tú esto, Marina, corazón, si decías además que hoy no ibas a escribir. Que el día que decidiste aprender mecanografía le hiciste un flaco favor a la blogosfera.

Pues todo esto viene a que ya os dije que quería abrir un blog sobre psicología para dummies, autoayuda perversa, llamadlo X. Esa idea sigue en mi mente y sí que me motiva muchísimo. El tema es que necesito un nombre para el blog. Algo sencillo, con gancho, evocador, compasivo, original y en suma brillante. O, por lo menos, algo sencillo y con gancho. No tengo ni siquiera vagas ideas por las que podáis votar, así que agradecería un montón vuestras sugerencias.

¡Proponed, proponed! En cuanto tenga un nombre me pondré a escribir como una perraca, y en ese momento vuestras vidas mejorarán y seréis más felices, así que pensad a tope y a ver si entre todos se nos ocurre algo chulo.

Besos. Gracias. Lofiu. Mañana más.

Reflexiones sesudas en la habitación del Maik

Estamos en el roco el Kpot y yo. Hay más gente, claro, pero los demás están entrenando en la parte de los tablones y nosotros nos hemos metido en la que llamamos "La habitación del Maik". El Maik es un tipo gigante que practica algo llamado "Valetudo". Cuando le pregunté si era una mezcla entre Ballet y Judo, me miró con cara de "te estás quedando conmigo o qué pasa" y me explicó que no, que quiere decir que Vale Todo. El Maik calienta haciendo a la vez abdominales y flexiones. El Maik se deja que le partan trozos de madera en la tibia, y no es que no le duela; es que el dolor le da igual. Total, que estamos el Kpot y yo en el cuarto donde el Maik entrena y sospechamos que le da palizas a gente, pero ahora nosotros estiramos sobre colchonetas sucias y hacemos flexiones con lo que nos queda de brazos.
- Quilla - Kpot para de hacer flexiones y se queda tirado boca abajo -. ¿Por qué la gente llora en los psicólogos?
- Yo qué sé, pues porque sí, porque está triste, ¿no? - yo no me siento para nada en modo psicóloga. Tumbada sobre mi espalda, llevo las piernas hacia atrás tipo postura de yoga y respiro mientras intento estirar la columna y las piernas.
- No, ya, pero a lo mejor estás igual de triste que con los amigos o con la familia. Sin embargo, con el psicólogo lloras.

Al Kpot le encanta saber por qué la gente se comporta de una u otra manera, y siempre me hace preguntas "rollo psicológico" que me descolocan. Intento ponerme en modo semiprofesional, aunque no sé si la sangre me llega bien al cerebro en esta postura. Me incorporo.
- Yo creo que es por la manera en que el psicólogo responde a tu sufrimiento - digo -. Cuando tú le cuentas algo a tu familia o a tus amigos, ellos no te echan mucha cuenta. Como mucho, te dicen que ya se te pasará o te dan consejos. Lo primero que hace el psicólogo es reconocerte. Te dice "lo estás pasando mal", "estás sufriendo", y eso es lo que te hace polvo. Que te ve.
- Aro, aro - contesta él -. A ver, quilla, ¿cómo es eso que estás haciendo con la espalda? ¿Así, echándome para atrás?
- Sí, pero con las piernas más rectas - es gracioso verle intentando hacer asanas de yoga con las zapatillas de deporte puestas y las rodillas dobladas.
- Pues yo creo que es lo que tú dices, lo de que los demás en verdad no te hacen caso.
- Claro... mira, a mí me hizo llorar la psicóloga del centro de conductores cuando fui a hacerme el certificado médico para el carnet, sólo porque me dijo "tú estás muy nerviosa con esto, ¿verdad?".

Kpot se tumba boca abajo con los brazos musculosos de escalador enfermizo estirados frente a sí.
- Yo me di cuenta el otro día de lo que tú dices. De que la gente no sabe escuchar. Estaba un grupo de maris delante de un colegio, esperando a las hijas. Una empezó a decir que tenía mal la espalda. La otra le contestó que ella tenía mal la rodilla, y la otra que a ella le dolía el hombro. Y al final no hablaron ni de la espalda de una, ni de la rodilla de la otra... cada una de lo suyo, punto.
- La lucha por conquistar la oreja ajena, lo llamaba un escritor.
- Eso es, tía.
- El mismo escritor decía que el amor es un preguntar constante. Que el que te ama lo hace porque te pregunta sobre ti en lugar de intentar conquistar tu oreja. Si encuentro luego el texto, te lo paso por el Facebook.

Que mi amigo el Kpot y Milan Kundera hayan llegado a la misma conclusión me resulta curioso. Pienso en el amor y el preguntar, y en el trabajo que hago todos los días intentando dar a la gente su espacio y reconocer que existen. En cómo la mirada del otro nos puede hacer llorar. Y ahora, mientras reflexiono sobre cómo cerrar el post y me pregunto por qué he escrito esta escena, me digo: porque mi blog es mi espacio, y escribo aquí para reconocer que existo yo. Para que mi existencia tenga cierta cualidad resonante de cosa que importa.

Nota: si percibís cierta incoherencia en el post es porque hoy estoy muy, muy cansada y escribo en plan simbólico para que se vea que le pongo empeño al asunto.

lunes, 14 de noviembre de 2011

De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida

Piel piel piel piel piel. Cuatro letras, un mundo.

A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.

Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.

Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.

Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.

Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.

Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?

Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.

Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?

Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.

Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.

Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.

Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.

Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ser escrita

Ayer tuve un día de escalada muy, muy bonito. Me lo pasé peleándome con una vía sin conseguir encadenarla, es decir: terminarla sin caerme. Era la primera vez que me pasaba algo así, quiero decir: he intentado vías, he encadenado algunas, otras no, pero ayer fue diferente. Pasé todo el día como poseída por una relación intensa entre la vía y yo.

La cosa es que llegas al sector, ves la vía, la intentas, no lo consigues. No pasa nada, te bajas, pero en realidad lo has visto cercano, así que descansas un poco y le das otro pegue. La vía es "No es broma, es kanfor", la que intenté el día que grabé los vídeos que colgué aquí. Una vía larga, que requiere continuidad, buenos pulmones, fuerza y saber distribuir la energía para llegar al final sin hacerse polvo. No sé cuánto tiempo duraba cada intento, pero eran muchos minutos al límite de mis fuerzas. Aunque el segundo pegue fue mejor, me caí casi al final; seguía sin pasar nada, pero me había quedado tan cerca.

Al tercer pegue estás ya nerviosa. No son nervios que tengan que ver con encadenar o no la vía, sino con esa situación de estrés máximo a la que vas a someter a tu cuerpo y a tu mente, el reto extraño y gratuito en el que vas a meterte sin que nadie te lo pida. Ayer la gente me hablaba y yo no veía a nadie. No hacía más que dar vueltas en torno a la vía, calentar los brazos, mirar las cintas colgando al sol y darme autoinstrucciones: respira, Marina, respira y descansa, date aire, no aprietes demasiado los cantos, busca buenos pies, tú puedes.

Me caí la tercera vez, de nuevo justo antes de llegar al final, y pedí que me bajaran para descansar antes de intentarlo una cuarta. Se estaba yendo la luz y me dolía hasta el alma. Se podían cascar nueces con mis antebrazos. Aun así, descansé lo que pude, estiré, comí algo de chocolate y lo intenté otra vez. Y volví a caerme a medio metro del final. Me cabreé un poco, pero no mucho, porque sabía que lo había dado todo. Había funcionado al máximo de mi capacidad en ese momento, y conseguiría la vía cuando tuviera más habilidad, más fuerza, menos cansancio o un poco más de suerte.

El caso es que cuando me bajaron al suelo me di cuenta de que estaba llorando. Llorando poquito, no os creáis; lágrimas de estas silenciosas, bonitas, que se te caen rodando por las mejillas aunque tú quieras disimular porque te da vergüenza. Ni siquiera yo sabía por qué lloraba. Encadenar tampoco me importa tanto; es algo que sucederá, tarde o temprano, si lo intentas lo suficiente; si no lo consigues, pues hay más vías que judías. Pero lloraba, era un hecho. Me di la vuelta superavergonzada hasta que me recompuse y conseguí quitarme los gatos, deshacerme el nudo del arnés y empezar a recoger las cosas para irnos a Cádiz.

Aun así, estaba en un estado de felicidad difícil de describir. Había encontrado, una vez más, la belleza del proceso. No sabía qué era exactamente lo que había cambiado en esos cuatro intentos, pero yo era una persona distinta, y quizá fue precisamente no encadenar lo que me hizo distinta. Darme cuenta de hasta qué punto me había hecho feliz sólo intentarlo. Iba en el coche de Pablo oyendo música y sentía que absolutamente todo estaba bien sobre la tierra. Llegué a casa y me dolía quitarme la camiseta, verídico; me di una ducha, me hice la cena y me puse a escribir aquí y en el blog de escalada.

Entonces me llamó Kpot, mi amigo y ex profe de escalada, que había pasado el día penando conmigo y animándome a pie de vía. Que he escrito una cosa en mi blog, quilla, que lo voy a publicar en el Facebook, pero que quiero que lo leas tú primero. ¿Y eso? pregunté yo. Bueno, pues porque en realidad es un poco de ti y tal, no sé, tú léelo. El Kpot se traba un poco cuando se pone nervioso, así que abrí la página y leí el post.

Yo quería hacer una presentación breve y dejaros con su texto, pero ya sabéis que si con algo tengo un problema es con la brevedad. La cosa es que cuando uno se acostumbra a escribir sobre los demás y de repente escriben sobre ti, es mágico. Te das cuenta de lo mucho que puede significar que alguien te atrape con sus palabras, te entienda y, sobre todo, te vea. Él supo quién era yo como escaladora ayer, en esos momentos. Lo sabe porque lleva viéndome trepar desde que empecé y porque compartimos un carácter enfermizo al respecto muy preocupante. Sus palabras fueron el mejor homenaje a mi pequeño gran esfuerzo. Y como vosotros sois mis lectores y os quiero de una manera virtual y rara, quería que lo compartierais, aunque la escalada os importe un carajal y estéis ya un poco hartos de leerme sobre el tema (sobre todo teniendo en cuenta que me hice un blog de escalada para eso, pero qué queréis que os diga; éste tiene más lectores).

El post de Kpot está aquí. Leedlo, de verdad, que es cortito y muy fumable. Que me conmovió tela.

El mío, describiendo el día de ayer de manera exhaustiva y sólo apta para frikis del trepar, está aquí. Ahí ya os adentráis at your own risk.

Y ya me voy a dormir. Mis findes escaladores molan demasiado. En serio, ¿qué hacéis los demás? ¿Qué hacía yo antes? Empieza a preocuparme.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La Primavera Trompetera

Voy camino de Bolonia en la furgo del Kpot. Es viernes, ya es de noche y planeamos dormir allí para escalar mañana. Me suena el móvil y es la PK, superemocionada por su post de cumpleaños. Está en Alcañiz visitando a Arantxa, que por detrás se queja de que ella también quiere un post homenaje y no tiene ninguno.
- Que vamos al concierto de Los Delinqüentes - me dice la PK -. Que te vamos a llamar cuando suene La Primavera Trompetera. Tú no oirás nada, nosotras no te oiremos a ti, pero todas sabremos que es La Primavera Trompetera y seremos felices.

Me río, les digo que les quiero y cuelgo, que no me gusta hablar por teléfono cuando estoy con alguien. Kpot y yo charlamos de la escalada, de la vida, del amor y otra vez de la escalada. Llegamos al Bartolo, nos juntamos con Ara y cenamos en el Kiosko deliciosos bocadillos de pollo con mayonesa.

En mitad de la cena suena el móvil. Arantxa, claro, y por detrás un barullo tremendo que infiero que es La Primavera Trompetera en directo. Me levanto de la mesa y echo a andar en dirección al camino de tierra, porque no quiero que la gente piense que soy monguer, colgada del teléfono durante tres minutos sin decir nada.

Escuché por primera vez esta canción cuando fui a Italia y el Giò, el novio italiano de la PK, la tocaba en su guitarra mientras cantaba en español macarrónico. Cuando volvimos a Granada y la PK y yo nos fuimos a vivir juntas, escuchábamos y cantábamos la canción con una frecuencia preocupante, si tenemos en cuenta que era noviembre y que el frío ya había entrado directamente del Mulhacén a nuestra casa sin calefacción.

Para mí cantar La Primavera Trompetera era desafiar al invierno. Era gritar alegre que existía la primavera aunque los calendarios dijeran lo contrario. Era casi ridículo tocarla con la guitarra envuelta en mi poncho de lana y sin querer salir del brasero. El veintiuno de marzo, cuando por fin la primavera llegó oficialmente, pasamos la tarde en la terraza de la hermana de Metemary, cantando con la guitarra. Creo que toqué La Primavera Trompetera en bucle como cinco veces, mientras la gente de la calle nos miraba, se reía y bailaba un poco, con cara de pensar que aquello era una broma de la tele.

Al contrario de lo que dijo la PK, la canción se escucha de puta madre, y mientras yo camino por el carril de tierra pienso que se me van a descoyuntar los labios de tanto sonreír. Canturreo bajito, casi como un mantra que suena extrañísimo en el silencio campestre de la noche. Hay una luna llena y gigante que se refleja en las nubes e ilumina los contornos de los árboles, y yo pienso que estoy viviendo un momento perfecto, así, completamente perfecto, mientras escucho al Caniho en vivo de fondo y mientras la PK y Arantxa gritan el estribillo y cambian "Niña" por "Marina".

Gracias, pequeñas, sois geniales las dos. La PK ya lo sabe. Y Aran, tú tranquila, que aunque sé que tú también lo sabes, tu post está en camino.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Son las once y media de la mañana y estoy en el Palacio de Justicia de Cádiz, esperando a que se celebre un juicio por posesión de drogas. Han convocado a mi tutora como testigo y he venido por aprender y tal.

En la puerta de la sala están mi tutora, la trabajadora social, la abogada y los dos acusados, uno de ellos con su familia y el otro solo. Me quedo de pie junto a las sillas mientras mi tutora aclara con la abogada lo que le va a preguntar dentro. El chico que está solo, que en realidad no es un chico, sino un señor de unos cuarenta, se presenta y me saluda.
- ¿Tú también trabajas en el CTA?
- Más o menos, sí. Estoy allí de prácticas hasta diciembre - lo que no es del todo cierto, porque yo no estoy de prácticas, pero explicar lo que es la residencia me da demasiada pereza.

Hay un ellos y un nosotros. Siempre. Hay una creencia estúpida y prepotente de que ciertas cosas a nosotros no nos van a pasar nunca. Esos hombres ahí parados esperando a que un juez decida qué va a ser de su vida los próximos años me producen un desconsuelo difícil de describir. Es como las ejecuciones. Que llegues a un punto en el que otros pueden decidir si vives o mueres, si quedas libre o entras en prisión, me parece tremendo. Así que supongo que por eso es más fácil que ellos sean ellos, y no nosotros.

Los drogodependientes me transmiten desamparo. Actúan con la lucidez perversa y ambivalente de quien sabe que lo que hace está mal pero ve dificilísimo solucionarlo. La droga es como un dragón enorme. Su putada es que ellos han encontrado una solución parcial a sus problemas y se resisten a dejarla; quizá nosotros no somos drogadictos porque no nos soluciona nada, no porque seamos especialmente fuertes o superiores a nadie.

El chico que está solo ha entablado conversación conmigo y me cuenta que está nervioso, que lleva días sin dormir. Seguimos separando: nosotros, ellos, y cuando vemos por la tele juicios de este tipo, o pensamos en el drogata al que pillan con cincuenta gramos de coca en su casa, son ellos, y no te imaginas que el día antes del juicio que se han ganado a pulso por semejante temeridad pueda estar nervioso.
- Tengo hasta náuseas por las mañanas. Me siento como si estuviera embarazado - me dice, y se ríe.
- Bueno - contesto yo - embarazado no estás, eso seguro.

Me siento un poco violenta. Me gustaría poder hablar con mi tutora, que charla con la trabajadora social, o incluso poder sentarme en una esquinita a leer la segunda parte de los Guerreros de la Roca. Porque estamos nosotros y están ellos.
- Van a intentar decir que era para consumo propio, ¿sabes? - me explica el hombre -. Ese señor de ahí - señala a un tipo mayor con una cartera que habla con la abogada - es otorrino. Ha examinado nuestros tabiques nasales para probar que somos consumidores.
- Ajá.
- Parece ser que en función de la erosión del tabique puedes saber cuánto se droga una persona. Es como los anillos en los troncos de los árboles.

De todas las cosas que he hecho desde que empecé la residencia, los controles de orina son lo peor. He visto citologías, hemorroides, he cortado verrugas, sacado quistes y contemplado cicatrices en las muñecas y agitaciones con cabezazos contra la pared. Pero de momento nada es comparable a tener que observar detrás de un espejo como una persona mea. Hoy, sin embargo, concluyo que estoy viendo un nuevo nivel de indignidad, que consiste en ir a la Audiencia Provincial e intentar probar por medio de radiografías de tu tabique que te drogas tanto, tanto, que esos cincuenta gramos de coca que había en tu casa te los ibas a soplar tú solo.

Al final llegan a un acuerdo y el juicio no se celebra. Vamos todos en procesión a una oficina que hay en la primera planta a pedir los justificantes de asistencia. El otro acusado, al que he visto en consulta un par de veces, espera en la puerta. Yo apoyo la cabeza en el quicio y también espero, porque no voy a pedir justificante ya que en general a la gente se la suda dónde esté mientras me porte razonablemente bien.
- ¿Estás cansada? - me pregunta el paciente.
- Me duele un poco la cabeza.
- A ver si estás abusando de las lentillas - lo dice porque el primer día que me vio yo llevaba gafas, y me parece intensamente dulce que se esté preocupando por mis hábitos oculares.

Sale el otro chico y los dos se quedan frente a frente, esperando a que termine el papeleo. Entonces miro sus zapatos: uno lleva unos botines bicolores extraños con pinta de baratos, el otro unos mocasines de cordones viejos pero muy limpios. Y mientras estoy ahí de pie, con mi leve dolor de cabeza, y miro sus zapatos y pienso en sus tabiques erosionados, de repente me parece que el mundo al final sí que está lleno de cosas feas y tengo que hacer esfuerzos para contener las ganas de llorar.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

PK, hoy es tu cumple... sé muy feliz, PK...


Ésta es una de esas noches en las que estoy muy cansada y un poquito triste, así que necesito, NECESITO hablar de algo que sea bonito y buenrollante para no tirarme de mi segundo piso y en lugar de matarme quedarme gilipollas.

Así que hoy vamos a hablar de la PK. Típico post que a los que no la conocéis os importa un carajal, y encima típico post que no debería ni de escribir porque si a alguien en mi vida le he hecho canciones, odas, homenajes, dibujos, cartas, poesías y rituales de adoración en general es a la PK. Es una agonías. Pero hoy es su cumpleaños y pensar en ella me alegra, así que escribamos.

La PK y yo nos conocemos desde hace ya casi veinte años, que se dice pronto. Nos hemos visto crecer y hemos intercambiado frases del tipo de "tía, no me crecen las tetas", "pues a mi sí". Resumir veinte años de amistad en un post es ambicioso, porque encima ha sido una amistad intensa, full time, nada de vernos un par de veces al año; hemos compartido clase como diez años seguidos, nos hemos ido juntas de campamento mil veces, hemos vivido un año juntas. Así que haré lo que pueda por escribir este post-homenaje y pararé cuando tenga demasiado sueño.

La PK no conoce el miedo. Ni el miedo, ni el frío, ni la incomodidad, ni prácticamente el hambre. La PK es como Chuck Norris, lo que es muy gracioso porque, como su propio nombre indica, es una chica pecosa y supermona, de rizos largos y piel muy blanca. Pero es dura, la cabrona: cuando yo necesito un abrigo tres cuartos, ella va por la vida con una rebeca corta de pelo de llama que ni siquiera tiene botones, diciendo "es que la llama abriga que no veas". Ya, vale, PK, abrigará, pero no es mágica y estamos en febrero.

La PK es muy, muy divertida. En orden ascendente de personas que me hacen reír está la gente, está la gente graciosa, luego está(ba) mi mejor amigo, que ya no me habla, y reinando en la parte de arriba del todo, la PK. Su humor es un poco como el mío: completo, surrealista, absurdo e imperecedero. No hay nada de lo que le avergüence reírse. Es torcida y maligna, como yo a veces, y cuando digo barbaridades a causa de mi impulsividad y mi tendencia a pasar de los sentimientos de la gente en aras del humor, escucho cómo sus carcajadas bajitas y descontroladas celebran que ella entiende exactamente de qué estamos hablando.

La PK es... bueno, no sé, la PK es total. Dice que SÍ por defecto. Nada le avergüenza, ninguna idea le parece demasiado estúpida. Con la PK he celebrado fiestas del papel en el baño del colegio, tirando papel higiénico al techo y soplando después para mantenerlo en el aire. He jugado a "la meada más punky del verano", que consiste en que meas en la calle y todo el mundo te ve, pero a ti no te importa. He bailado, sí, pero no en bares o en fiestas como la gente normal: en mi casa, por la noche, en pijama, las dos solas, poniendo en bucle vídeos italianos en el youtube mientras el Húngaro y quien anduviese por allí de visita nos miraban como diciendo "por favor, repartid lo que sea que os hayáis fumado".

Tiene una piel alucinante, blanca, rosada, pecosa e infernalmente suave, que siempre cuida con cremitas naturales que huelen bien. Sus ojos son verdes preciosos y su nariz es perfecta. Es el tipo de persona que SABE hacer maletas. Yo, por ejemplo, llevo ropa estándar que combine todo con todo y me paso el viaje en vaqueros. La PK hace una maleta que abulta la mitad que la mía y después aparece con una faldita, medias de colores, un fular divino y unos pendientes que tiene desde que era pequeña porque, ojo al dato, la PK NUNCA pierde pendientes. Porque es muy cuidadosa y ordenada, y tiene reglas para la vida del tipo de "todo lo que te eches en el pelo tiene que ser del tamaño de un garbanzo".

Le gusta viajar, le gusta leer, le gusta la gente. Además, le gusta de verdad, no como a mí, que después me vuelvo una nazi y no aguanto a la mitad del mundo. Es peculiar y atrae a los peculiares. Hace amigos en el Polo Sur si hace falta. Llega a un sitio, pone en marcha el imán PK para gente personaje y en dos semanas tiene un grupo de amigos con el que organiza partidos de fútbol y cenas internacionales. Porque es una chica SÍ y porque tiene buena estrella.

Puedo guardar fácilmente mil fotos de la PK, de las cuales al menos quinientas son de la PK y yo. La PK y yo comiendo toblerone, fumando ibuprofeno, haciendo portés de Fama, cogidas de la mano en el Dragón Khan. Disfrazadas de hippies, de cabareteras, de futuristas, de flamencas. La PK y yo en Málaga, en Granada, en Italia, en Salamanca, en Asturias.

La vida muchas veces es una hija de puta y te separa de la gente a la que quieres, o te presenta a gente estupenda y luego los coloca en otra ciudad o en otro país. Pero otras veces te dice: aquí tienes una persona que te va a acompañar siempre, alguien con quien compartirás tantos momentos que al final os unirá una amistad total, tan polimorfa y completa que lo resistirá todo. No concibo pelearme con la PK o dejar de hablarme con ella. Podría decir que es porque nos conocemos demasiado y nunca nos haríamos daño y blablabla, pero creo que sencillamente se trata de que tengo acumulado tanto amor hacia ella que no puedo deshacerlo. Está fosilizado, fundido con mi existencia, enhebrado en tantos momentos de mi vida que sería imposible eliminarlo. No puedo dejar de quererla.

PK: eres genial de principio a fin. Lo sabes, ¿no? Sabes que cuando acaricio tu cabecita y te abrazo, y huelo tu champú y toco tus jerseys bonitos, y te digo que te quiero mucho y te estrujo aunque tú te quejes porque eres un poco rancia... sabes que lo digo en serio, que te quiero. Que eres mi sangre, mi hermana. Que tu cumpleaños es el único que no se me olvida NUNCA, y que digo yo que será por algo.

Cumple muchos más, mi niña. Y que yo lo vea.

PD: Me encuentro mucho mejor. Escribir es mágico y la PK más.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sobre ver, mirar y mi preocupante sistema nervioso

Comentaba Pab al leer el post de ayer que se alegra de no ser el único que es testigo de momentos increíbles y extraños. Para mí está bastante claro que percibir o no esos momentos no es un tema de suerte, sino de tener los ojos muy abiertos y de darles la suficiente importancia como para registrarlos en la memoria.

Yo vivo en la activación mental. El otro día lo comentaba con DDM. "Yo tengo una capacidad ilimitada para entretenerme solo", me decía él, "podría quedarme una semana en mi casa y no me aburriría o, más bien, aunque me aburriera no me importaría". A mí también me pasa, pensé, pero no sé si lo dije, porque no quise entrar en el juego del "pues a mí". Le expliqué que hay teorías que dicen que las personas que buscan activación externa lo hacen porque su sistema nervioso está demasiado tranquilito, mientras que los que necesitan (necesitamos) poca estimulación tenemos de por sí el cerebro en modo turbo.

A mí me pasa. Yo voy por la vida a tope de manera casi preocupante. Hoy estaba frente al ordenador, iba a sacar el pen drive y me he quedado un rato con la mano encima, sintiendo cómo se apagaba la vibración minúscula del plástico cuando el ordenador anunciaba que podía desconectarlo. Y he pensado "por el amor de Dios, Marina, la vibración del pen drive... que no es que vayas por la vida abrazando árboles, no; es que acabas de flipar con el zumbido eléctrico de un microchip". Por la tarde he ido a una tienda de ultramarinos que hay cerca de la piscina a cambiar veinte euros para la máquina de tickets. Mientras esperaba a que la tendera me pusiera la media docena de huevos y, de paso, reflexionaba sobre los huevos y sus cajas, he olfateado el aire: olía a pescado, pero en plan agradable si es que eso es posible, y he visto una caja de arenques en salmuera justo a mi lado, y mirando los arenques enormes y amarillentos he pensado: cómo me mola la vida.

Luego está el tema de la gente. Yo sintonizo emocionalmente con un apio, ya lo he dicho, y con la gente me pasa de una manera muy cafre. Eso está muy bien para mi profesión, pero a veces, cuando voy en moto por las mañanas y me voy fijando en las caras de los conductores y los peatones, y puedo percibir de manera casi violenta el hastío, o la alegría, o el enfado, me siento tan abrumada que me pregunto si no seré una especie de idiot savant de la empatía. El momento que describí ayer duró medio segundo. De hecho, hay detalles que he añadido para darle consistencia a algo que a mí me llegó como un relámpago medio inconsciente.

Así que no sé, no sé si observo mucho porque soy así, no sé si tengo el sistema nervioso como las maracas de Machín ni sé si en realidad empatizo o simplemente invento. Lo que sé es que la vida así es bastante más interesante. Que me quedo prendida en los rostros anónimos, en los grafitis de las calles o en el olor tranquilizador del cloro de la piscina, y que igualmente no importa, que son sólo sensaciones e interpretaciones incorpóreas y efímeras... y, sin embargo, de alguna forma hacen más nutritivos mis días, como la levadura de cerveza en las ensaladas, y me ayudan a pasar por este valle raro de tristeza sin morirme demasiado de hambre.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Momentos

Es sábado por la noche, y aunque aún es temprano ellos tres ya van borrachos. O drogados, a saber, que la juventud está fatal. No tendrán más de dieciocho años: una chica no muy guapa, con el pelo largo y castaño y el culo un poco gordo. Dos chicos: uno guapo, alto, con greñas cuidadas alrededor de una mandíbula cubierta de barba suave. Otro más normalito, con el pelo tieso de gomina, un poco de acné y los hombros demasiado estrechos.

Yo camino a unos metros, y aunque intento ir despacio para quedarme sola con mis pensamientos profundos sobre el amor, la vida y la escalada, ellos dan rodeos o se paran, y al final acabo teniéndoles enfrente todo el rato, mientras rodeo el perímetro de la ciudad en dirección a mi casa. Caminan alegres y desordenados. El chico guapo coge a ratos de la mano a la chica no muy guapa mientras el otro revolotea delante y detrás.

Al rato la chica está andando sola delante y los chicos charlan entre sí en voz baja. Ella parece distraída, se acerca a la barandilla, mira al mar y de vez en cuando les apresura a voces sin girar la cabeza. Ellos hablan, se ríen y se suben jugando a los pies de las farolas.

De pronto los dos chicos ralentizan la marcha, siguen riéndose, se miran. El chico no muy guapo agarra de la nuca al otro, que enarca las cejas, alarmado, pero sigue sonriendo. La presión en la nuca se hace más fuerte y el guapo señala con la coronilla a la chica, que camina sola y ajena a todo. El no guapo se encoge de hombros y abre las mandíbulas como en un gruñido del león de la Metro, pero no llega a tocar al guapo; simplemente juntan las frentes casi con violencia durante un momento breve, tan breve que no sé si me lo he inventado, y después el guapo se despega y tuerce un poco la cabeza, como excusándose, y se va hacia la chica, que sigue andando, dando tumbos y bebiendo despacio de la cerveza que tiene en la mano.

Y mientras caminamos los cuatro en dirección a la Viña y el viento norte nos congela las esquinas de la cara, sólo puedo pensar que es curioso cómo algunos momentos contienen dentro de sí toda la extraña complejidad de la vida.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Fuerte






Nunca en mi vida había estado tan fuerte como ahora. De hecho, nunca en mi vida había estado fuerte. De hecho, si me apuráis, nunca en mi vida había pensado que mi cuerpo tenía el potencial de cambiar y ponerse fuerte, o que mi mente podría obligar a mi cuerpo a hacer el ejercicio suficiente como para que cambiara. Tú sabes, la posibilidad siempre está ahí: cualquier día me apunto al gimnasio y me vuelvo una tía buena. Pero en lo profundo de mi corazón no me veía manteniendo la motivación el tiempo suficiente como para observar un cambio real. Me imaginaba creciendo y evolucionando de joven redondita a adulta redonda, embarazada hinchona, madurita degradada y anciana lastimosa.

A ver, yo nunca he estado gorda, gorda tal cual. Pero siempre he sido... cómo lo diría... blandita.

[DISGRESIÓN: Esto me recuerda a la peor frase que me ha dicho nunca un tío, y que ya os dije que os contaría en algún momento.

Situación: en la cama, semidesnudos, chico cuyo nombre no voy a revelar intenta convencerme para que tengamos sexo porque yo no lo veo claro. En un momento dado, me agarra alguna parte carnosa del cuerpo, tipo muslo, o culo, o algo.
YO: Este curso, como no he hecho deporte, me he quedado un poco más blandita.
ÉL: Ya...

Obviamente, no mojó. Lectores varones, apuntad en vuestro manual de seducción que la mejor manera de tratar a una mujer es no diciéndole nunca jamás bajo ninguna circunstancia que está gorda. De hecho, como me dijo una vez mi hermano, la frase perfecta es "a ti te faltan un par de kilos". FIN DE LA DISGRESIÓN]

Una de las muchísimas cosas que me molan de escalar es que me está dando la posibilidad de ser una yo que nunca había pensado que pudiera ser. Una yo física. Si a mí me dicen que iba a estar comentando por Facebook vídeos donde un tipo noruego hace dominadas con un dedo, me habría reído. ¿Moi? Yo soy una intelectual. Yo anido en el mundo abstracto y difuso de las ideas, y utilizo el cuerpo básicamente para llevar las gafas.

Me lo decía IA: que no eres una gafapasta, mujer, que tú eres deportista, que una cosa no está reñida con la otra. Pero no creo que sea deportista. Sigo subiendo a los pisos en ascensor y paso de ir en bici al curro teniendo la moto. Creo que lo único que pasa es que escalar me gusta lo suficiente como para que no me suponga un esfuerzo de la voluntad. La diferencia entre sudar en un gimnasio deseando con todas mis fuerzas que el tiempo pase, y sudar en el roco deseando poder transplantarme la piel de las manos para seguir entrenando, es parecida a lo que hablábamos ayer de follar con un chico anodino o con un DDM (como categoría, no como persona concreta).

Desde que escalo estoy más musculosa por todas partes; de hecho, ahora el chico del diálogo anterior no podría decir "Ya", porque no sería cierto y porque, además, podría darle una paliza. Se me ha ensanchado la espalda, me lo noto en las chaquetas de invierno. Además, me han salido callos en las manos y ni siquiera me importa; me los limo con primor cada vez que me hago la manicura. También se me está formando el juanete del escalador en la parte externa del dedo gordo del pie. Si me llegan a decir que sacrificaría la estética magnífica de mis pies sagrados por algo que no fueran taconazos maravillosos, no me lo habría creído.

Todos estos cambios no sólo no me molestan, sino que me gustan. Y me encanta estar fuerte, como si hubiera algún tipo de continuidad entre la mente y el cuerpo. Como si mis nuevos bíceps pudieran servirme para aguantar el peso del resto de la vida.

¿Hay moraleja? Siempre. Es la siguiente: vive como si no hubiera mañana y también como si no hubiera ayer. Como si haberte pasado la vida huyendo del deporte no te impidiera convertirte ahora en una guerrera de la roca. La existencia está llena de posibilidades sorprendentes y el mayor límite está en ti, en tu coco. Os lo digo mientras escribo con los antebrazos doloridos, desde el orgullo de mis agujetas, tocando alucinada mis bíceps bajo la piel de mis brazos.

Nota: La de los vídeos soy yo, obvio. Cuando aún era rubia. Son muy cortitos porque con la mierda del HD ocupan un montón y no puedo subirlos más largos. Pero así me veis escalar, que me hace ilusión. Y veis la espalda que estoy echando. Que yo antes no era así, de verdad: Elsa, MQEN, dad testimonio.

Nota para quien entienda de escalada básicamente IA: Es en San Bartolo, Bolonia, en el sector Mosaico, probando por primera vez "No es broma, es kanfor", 6a+. La pared es de arenisca y es una pasada, con cantos y regletas, pelín desplomada y muy bonita. ¡Y voy de primera! Aunque dejé las dos primeras cintas puestas porsiaca.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Necesidad de compartir esto ahora

"Annie lo intentó por última vez.
- Lo siento. No sé qué decir. Sé que... el amor tiene que ser algo capaz de transformarte. - Ahora que había utilizado la palabra, sintió que se le aflojaba la lengua -. Y así es como trato de ver esto. Así. Exactamente. Y a mí me ha transformado, y cómo haya sucedido no tiene mayor importancia. Puedes irte o quedarte, y esto no habrá dejado de suceder. He estado tratando de mirarte como a una metáfora de algo. Pero no funciona. Lo terrible es que, sin ti aquí, todo vuelve a ser como antes. No puede ser de otra manera. Y he de decir que los libros no me han ayudado mucho en esto. Porque cuando lees algo sobre el amor, cuando tratas de definirlo, siempre sale a relucir un estado, o un nombre abstracto, e intentas pensar en ello de esa forma. Cuando en realidad el amor es... bueno, el amor es tú. Y cuando te vas, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello."

Nick Hornby - Juliet, desnuda

martes, 1 de noviembre de 2011

El mal capilar IV: Los tintes

Sé que lo primero que vais a hacer todos es rular esta entrada hacia abajo para ver cómo me queda el pelirrojo. Venga, va, mirad la foto, quitadle la emoción al post, ignorad mis esfuerzos por llevaros suavemente a través de mi periplo capilar hasta el resultado. ¿Ya? Va, pues ahora a leer.

Decía un monólogo de Anabel Alonso que ir a la peluquería no es quitarse la depresión: es cambiársela de sitio. Yo esta mañana me he levantado... a ver, no deprimida, pero sí alterada. Con el SPM a tope. Desde que puedo predecir cuándo me va a bajar la regla, me paso la semana de antes hecha un energúmeno, no sé si por las hormonas o porque me sugestiono.

Me he sentado en el portátil a ver si empezaba con la Nanovela. Es como una de esas pesadillas en las que tienes que ir a un examen y no te sabes la lección. He repasado mis notas previas y me he vuelto a repetir que NO estoy capacitada para escribir una novela y que NO me apetece una mierda. Luego he pensado: pues me vuelvo pelirroja.

Ni corta ni perezosa (¿no os encanta esa expresión?) he agarrado la moto y me he plantado en el Corte Inglés a buscar un tinte. Porque si algo tengo claro es que si me tiño, me tiño YO, no alguna peluquera desquiciada y daltónica con problemas para seguir instrucciones sencillas. He pasado media hora delante del estante de los tintes del Hipercor, dándole vueltas al pelirrojo óptimo para mi rubia melena. Yo nunca nunca me he teñido porque mi pelo es precioso, ya lo he dicho, así que no sabía que hubiera tantas opciones: que si con amoniaco, que si sin amoniaco, que si permanente, que si reflejos, que si crema, que si mousse... un mundo. Mi objetivo era algo impermanente, como la felicidad, porque si algo tengo claro es que antes muerta que renunciar para siempre a mi rubio camomilado y estupendo.

Después de dar muchas vueltas, me he quedado entre dos tonos: el rubio dorado y el ámbar. El rubio dorado prometía cierta pelirrojez, y el ámbar pelirrojez entera. He aquí las imágenes.




Me gustaba más el rubio dorado, pero luego he pensado que si yo ya soy rubia dorada, para qué narices me tiño. Me he dicho lo que me digo antes de escalar: ¿qué somos, mujeres o gallinas? Y me he contestado que mujeres y he comprado el ámbar.

Llegando a mi casa estaba hecha un flan. Últimamente tengo una fase de verme fea. No es por el Acné del Averno ni nada: simplemente me veo fea, con la cara como muy redonda y principios de arrugas y flacidez cutánea. Claro, que igual son paranoias mías. Pero iba pensando: si ya me veo fea, si ya siento que nadie nunca jamás me querrá, si IA ya no es ni I ni A y DDM prefiere a una griega desconocida, si encontrar el amor verdadero es un privilegio reservado a unos pocos Y ENCIMA me pongo pelirroja y resulta que estoy horrenda... entonces psicotizaré.

Así que he sacado a la luz el espíritu científico que me caracteriza y he decidido no arriesgar. He cortado un mechón de mis rubios cabellos y lo he teñido (verídico) para ver el resultado. Además de ser un poco grimoso teñir un mechón de pelo así aislado, el resultado no me disgustaba. Un pelín oscuro, quizá, pero bueno: era un cambio.

Así que me he puesto el tinte con la misma sensación de la Teniente O Neill rapándose la cabeza frente a la cámara. En plan "estás como una regadera, Marina querida".

Café mientras espero a que la cosa agarre. Ducha espeluznada al ver la cantidad de sustancia extraña que se desprendía de mi cabeza. Secado preocupante con la toalla y mirada al espejo en plan "post reconstrucción facial después de un terrible accidente".

Qué me aspen, gente. Soy castaña. Si los tintes, al igual que los hombres, tampoco cumplen lo que prometen, ¿qué me queda en esta vida además de seguir buscando el chocolate perfecto?

Venga, va, y ahora la foto. Decidme, por favor, en qué realidad paralela feliz este tono es ámbar.



Mi expresión facial es una mezcla entre el sueño y el escepticismo; no la juzguéis con dureza.

Ahora no sé qué hacer. En realidad me veo guapa, pero es que yo no quiero ser castaña: yo quiero ser pelirroja, al menos un ratito. La castañez no me inspira. Por otra parte, quizá probablemente debería dejarme de chorradas y ponerme a escribir ya. Así que aquí estoy, tomándome otro café, comiendo chocolate con chile (¿la solución definitiva a mis problemas con el tamaño de las raciones?) y reflexionando sobre ir o no ir al Corte Inglés a buscar otro tono.

Seguiré actualizando. Os quiero.